Mirada a la “Despoblación Invernal” en Guadalajara.

Ribarredonda. Fotografía: Elena Mungía

Ribarredonda. Fotografía: Elena Mungía

10 de Abril de 2015

 

       En estas fechas la Semana Santa y las vacaciones que tienen lugar desde la primavera al periodo estival llenan los pequeños pueblos de gente; familiares, descendientes y gente de la ciudad vuelven a ocupar las casas que sus antepasados habitaron en sus lugares de origen. Y es que, como si  la explosión de la naturaleza por la llegada de la estación primaveral fuese la llamada para que l@s vecin@s acudan al pueblo, vuelven a oírse conversaciones y gritos de niñ@s correteando y jugando por las callejuelas de las que, hasta hace unas semanas, eran frías calles solitarias. Los teleclubs, centros sociales y bares vuelven a llenarse de barullo, risas y vermuts, y la afluencia de caminantes “postcomida” por las carreteras y caminos aledaños a los pueblos aumenta. Los pueblos, florecientes por la vida que se respira entre sus calles, se asemejan a lo que un día fueron.

     Pero, ¿qué ha pasado meses atrás?, ¿por qué llama la atención un panorama, a priori, tan natural? Porque nos estamos refiriendo a los pequeños pueblos diseminados en las zonas rurales, pueblos donde el invierno, el frío y la nieve parecen acallar la presencia humana en éstos. El devenir de la historia hizo que sus habitantes buscaran un futuro en las urbes “cercanas” como Zaragoza, Madrid y Guadalajara. En la búsqueda de ese trabajo que sacara a la familia adelante dejaron atrás los pueblos, sus campos y actividades tradicionales que se venían realizando desde tiempos ancestrales. Además de la pérdida de los valores culturales, tradiciones y funciones ecosistémicas del sistema agro-pastoral entre otros, ahora ocupan esta lista la pérdida de bienes materiales: robos en casas vacías y naves agrícolas, desmantelamiento de pajares y parideras, y el robo de elementos arquitectónicos como sillares de antiguas fuentes y edificios históricos.

       Uno de los numerosos ejemplos de esta situación es el pequeño pueblo de Ribarredonda, pedanía de Riba de Saelices y olvidado al final de una sinuosa carretera. El envejecimiento y la falta de una actividad económica que sustente un resquicio de población, han derivado en un goteo constante de familias que dejan de habitar el pueblo durante los fríos y solitarios meses de invierno hasta el punto de no residir nadie en el mismo durante esta estación. Estas circunstancias han sido aprovechadas por parte de “amig@s” de lo ajeno para intentar desvalijar los pocos bienes materiales que pueden encontrar en este humilde pueblo.

      Tiempo atrás, esta lamentable situación provocó la respuesta de los vecinos, una respuesta organizativa, simple y paliativa frente al despoblamiento: un sorteo anual de turnos quincenales en el que las familias, que puedan disponer de tiempo y salud, residan en el pueblo para habitarlo y vigilarlo con el fin de mantenerlo “vivo” en este periodo. De esta manera el pueblo nunca queda deshabitado, siendo “vigilado” por las familias de turno, observando movimientos y saliendo al encuentro de cualquier vehículo que entra en este recóndito lugar.

       Parece descabellado que haya que recurrir a estos sistemas para evitar que los pueblos se queden vacíos, pero es una realidad que no solo ocurre en Ribarredonda sino en otros pueblos que llevan tiempo practicando este sistema de, llamémoslo, “Repoblación Invernal”. Y es que, esta peculiar repoblación se lleva a cabo en numerosos pueblos de la provincia de Guadalajara, muchos pertenecientes a la Comarca de Molina de Aragón y Alto Tajo, y que por su acusante baja densidad de población, es considerada como la “Siberia Europea”. Triste realidad que siguiendo esta trayectoria de deserción económica en el medio rural, sin buscar y apostar por medios que fijen a la población, se extenderá por los ya mermados pueblos de la zona teniendo que seguir ejemplos como el de Ribarredonda para evitar que se pierda lo último que queda: el propio pueblo.